Volviera usted ayer
Trampas las mínimas, inminencia. A ti la legión
que traemos de comparsa te da
la voluntad sin reservas, y no
por eso le terminan de salir
las cuentas de la rogativa. Una perla, créeme:
cultiva y, claro, momentos le sobran
para perder el interés
legítimo de cada silencio que no encuentra
ocasión para ahorrarse. Escucha, aún no
cae: prosigue ahora el sueño
de las plantas adoptado por el último perito
parvulario que pasó a mejor
postor.
Un buen predicador habría
que merecérselo por algún exceso
o defecto. No es mucho pedir. Para reclamar
tarde ya están los parroquianos: van
y se rascan como si por fin tuvieran algo
que ocultar y luego vuelven
a contarlo. La mano que nos huele
es invisible como nuestro nombre
común. Quien tiene oídos
oye, y no por eso deja de ser
una parábola. Aquí es toda calderilla
calderilla. En el bolsillo pesa
la arena. Y en algún otro rastro
viene proliferando la fe
de vida. Calla, lo mismo
da una piedra. ¿Pero quién creerá
hundirse como ella?