martes, 23 de noviembre de 2010

Esteban Carlos Granado Martínez. Sin título

Un hombre culto va a leer la Trilogía de Deptford
-que es un libro con barba sentado en su sillón de orejas-
y ya fantasea y se relame en los preliminares
(... pues sí, yo ahora estoy leyendo la Trilogía de Deptford y...).
Lo repite un par de veces. Le suena bien, a otro siglo, un siglo extranjero.
Suena no apto para cobardes incapaces de aclimatarse a Proust,
poco recomendable para lectores compulsivos que se atascan en Faulkner.
La frasecita le suena distintiva,
útil para cortejar a alguna dama con respeto por el arte
o para destacar ante el jefe de departamento que se las da de intelectual.

Otro, más culto aún (¡el jefe de departamento!),
se prepara para adquirir la última novela de Pynchon.
El típico alarde creativo: mil trescientas páginas.
Ya subrayó la crítica que no aporta novedades, estilo no más,
pero a él le priva, le va lo del incógnito, leyéndolo se siente prominente.
Lo cierto es que Pynchon simultanea demasiado y consigue despistarlo a cada párrafo,
que no se entera mucho.
Pero a él también le gusta Rothko, esos rectángulos tan bien pintados.
Él está por encima incluso de los cultos
que van con su volumen de Robertson Davies bajo el brazo que no se les cae de la boca

El hombre de Deptford ensaya frente a su camarero de confianza:
- Pues yo ahora estoy leyendo...
y observa satisfecho la cara de absoluta incredulidad del joven,
un chico prometedor que apenas si debe leer a Connolly o a Mosley.

Tras la barra, el barman escucha con atención,
aunque en realidad detesta a Davies -casi que por canadiense-
y está deseando llegar a casa para terminar Contraluz,
la última novela de Thomas Pynchon, uno de sus autores favoritos.

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