martes, 23 de noviembre de 2010

Rubén Castélls Vela. Helado de vainilla (Bodegón).

Helado de vainilla (Bodegón)


La calle se ha torcido.
A la derecha de mi campo de visión
asoma la luna, indiferente, muda.
Arriba cuelga un portal y ventanas de par en par
por las que saltan agobiados reflejos de televisores.
En el lado opuesto, la bocacalle por donde venía.
Y a la izquierda, muy pegada a mi ojo,
la acera templada, seca, dura,
enormemente deformada en perspectiva caballera.
La imagen tiembla en vaivenes irregulares
…adelante…atrasadelante…atrás, adelante…
y los márgenes vacilan levemente.

Ocupando el centro, sin querer, está mi helado
recién empezado, recién desplomado.
La vertical de su cucurucho invertido
es la perfecta señalización del accidente.
Se derrite lento, muy lento,
y lentos crecen ríos ortogonales de vainilla
en los cauces de los baldosines.
Uno ya casi desemboca en mi cara,
como si quisiera cumplir, aún,
con su cometido de dar consuelo.

El temblor torna a espasmos
y la imagen, al final, se detiene.
Siento la viscosidad del helado caliente
al mismo tiempo en mi nariz,
sobre mi culo, por la entrepierna,
escurriéndose de mi vagina.

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