martes, 23 de noviembre de 2010

Pedro Díaz Rodríguez. Sin título

Las tardes eran largas.
Una nube ciega la luz
dispuesta en la mañana.
Mujeres de aguja, revueltas en sus sillas,
rompen el cerco que los niños aíslan
de suciedad y lágrimas.
El aire puede mudarse a contratiempo.
La cercana fuente, por los lagrimales rotos,
acude a un arbusto que se resiste a morir.
Los hombres ya no creen en otro mundo.
Escupen a la oscuridad
que les devuelve un albor de ceniza.
Tampoco hay luz. Y eso que el sol madruga
tras el derruido muro.
El borde de la silla es un abismo.
Es tarde. Traspasa el umbral un nombre
que trae un desconcierto,
una lluvia disfrazada, una mano presa
en el fusil. Entonces se redobla
el asombro y el estrato colgado
hiere como una aguja sin rumbo.

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