martes, 23 de noviembre de 2010

Fernando Lorente Barajas. adivi(d/n)anza

adivi(d/n)anza


ella tan
prof(unda/usa)
(de)(mente)
dura(d)era
late íntima
(ca/do)liente
es(per/tig)ma
fatalidad de coraz(a/ón)
acróstico impenetrable como entraña calcárea
celentéreos entreverados de afectuosos segundos
preci(pi/tar)(cio/se) al principio tan
duro quebradizo ab(str)usas perinolas
sílice y estilete pla(cen/ne)taria
soledad desguarnecida tan dolo
mita mate(rial) expresamente
(he/hen)(ri/di)da tan y
silenciosamente ya
sin sentirse ya
sin saberse ya
sin saborear
sin tierra
sin polvo
sin sal
que d
         e
              s
                   t
                 i
              l
     vida  a



Francisco Daniel Medina Najarro. La conciencia de las moscas

La conciencia de las moscas


ENFERMAN las décadas, con la lentitud
con la que el cambio climático asesina
costumbres. Otro historiador y su versión
de los hechos: necesito una máquina
del tiempo.

Los peces japoneses y su estigma. Asumir
que las aves desconfían de los portaviones. Entender
que todos los ríos, son ríos suicidas. Habitamos como
cortes de luz, entre la gracia y la gangrena.

Montaremos una banda de rock cuando muera
Paul McCartney. Y correremos como impalas que no
quieren ser domesticados. Nadaré hasta ti con una
condición: [que la lava del volcán sea azul].

Las nubes disciplinadas. Y yo cada vez más convencido
de que ser chino no puede ser divertido. Nos gusta Nietzche
porque dijo que los hombres malos no tienen canciones.

Mi tesis: si las fronteras son artificiales,
todas las guerras son guerras mundiales. Tu tesis:
tanta metaliteratura les da la razón a (aquellos) que opinan
que no tenemos nada nuevo que contar.

He dejado de ir al cine. No soporto
compartir tanta intimidad con tanta gente.

Solamente vuelan los caballos persas, ¿lo sabíais? Tengo algunas
teorías irrefutables; a saber: “ENTRE CADA DOS LATIDOS
DEL CORAZÓN SE ESCONDE UN CADÁVER”.

En los aeropuertos, el destino está en manos de los halcones. Y tal vez
una de las principales diferencias sea que, antes, los aviones
no volaban tan alto. Un trato: te cambio a Paul McCartney
por Budy Holly.

  


Gema Bocardo Clavijo. Solos

         SOLOS.

 
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    suplicando clemencia

    al que juzgará

    al final de los tiempos.

    Hinca tu rodilla

    ante su omnipotencia,

    y ruega que acabe

    tu cruel sufrimiento.


    De nada valdrá

    que grites al cielo,

    hace muchos siglos

    que nos olvidaron.

    La cera cubrió

    sus castos oídos,

    no nos tenderán,

    de nuevo, las manos.

María Juristo. Habito el espacio


                                                    Habito el espacio


Habito el espacio

que sangró sobre mi cuerpo,

amaso con arcilla

rumor de voces

aliviando su sudor

entre las sombras

y alzo cánticos a golpes

sobre muros desollados.


Esculpo la risa de la muerte,

reclino mis dedos doloridos

sobre piedras clandestinas

y me duermo luego

ahíta de dolor

bajo la Luna.


Concibo en mi vientre

la luz aún invisible,

guardo visiones de amor

en mis sueños calcinados

por la llama réproba

que no cesa de crujir

tras los portones.


                                                             
No escucho silbos falaces

que arrojan calumnias

embozadas en sonrisas,

escupo la hiel

que pudrirse quiere en mis entrañas,

y aún se enclaustra

el tacto del jazmín

entre mis huesos.


Persigo tenaz nimbos de brisas

enjoyadas en las frondas

por volar con ellas y calmar

fauces hostiles al aroma

que perfuma mis anhelos.


Y vuelvo a despertar,

escucho…

me encamino al sacrilegio

donde el agua muerde

la oscuridad sagrada.

Patricia Martín Aguilera. Ovejas eléctricas

Ovejas eléctricas


Sus faltas el reo ha recusado
contra el viejo techo de los hombres
tira piedras, el juez inexpugnable
empuña su línea de universo;
maldice su signo y se lamenta.

El panteón de luz fagocitario
nutre el sueño de los gólems,
mascan, densas e impalpables,
morfologías sutiles. Ficciones,
espesa digestión de la existencia,
múltiple Ygramul y solitario
gigante gaseoso. Se interroga

¿sueñan los dioses?

Tal vez, en sus confesiones,
rinden cuentas, se redimen
con los mortales misterios,
quizás, en sus oraciones,
buscan al ángel caído
cuando cae la noche.

Jorge Fernández. Máquinas salvíficas



Máquinas salvíficas


Más allá de todas Las palabras: dejadme funcionar en esa maquinaria de las hojas,

en los finos alambres que unen al toro y a su pasto, a la guadaña y al brezo, todas las cosas que se acoplan, que se interrumpen en una corriente sin principio ni fin,

porque la interrupción es el milagro,
la claridad es siempre el infinito de sí misma,

y sólo en esas máquinas de mi mirada-alondras,
en el hálito-luz, la boca-lágrima
o en las manos-espigas que casi tientan la verdad de simiente y el sencillo
soplo de transparencia meditada

sólo ahí puede hallarse el silencio y su secreta salvación.

Allan Martínez. Alguien dijo

¿Recuerdas cómo empezó todo?
¿Recuerdas la primera puerta que abriste
Y tu primer suspiro ahogado
Entre prohibiciones?

Sonríe pequeño;
Sal a caminar y cuenta las gotas
Que golpean tu piel desnuda
Antes de empezar a enfriar tus anhelos;

La euforia debería ser la máscara
Que cubre tus gestos nerviosos
Cuando contemplas
Y germinas tu infinito, tu universo negro,
Donde toda luz es nada
Y cada cuerpo ínfimo se vuelve canto.

Sonríe desde ese rincón cómodo,
Improvisado entre ancestros, muebles
Desgastados, ropa desteñida,
Ventanas que no muestran nada;
Entre libros robados y plumas
Siempre a punto de vaciarse;
Entre hojas de cuadernos y libretas
Con tendencia a borrarse y perderse;
Y los discos transformados son vidas pasadas.

Sonríe pequeño
Las paredes no se estrechan
No arde tu entorno; la rutina se mueve,
Cabalga motores grasientos;
Y tu esencia lubrica el óxido pestilente
De la tristeza.